Conferencia dictada en el marco del Congreso Internacional “Las Familias del Siglo XXI: perspectivas, retos y soluciones” Noviembre, 2010; Universidad Intercontinental, México D.F.

25 de noviembre: "Día Internacional contra la violencia hacia las mujeres"
Cuando en 1957 “La Casa del Futuro” (atracción de Disney World) abrió sus puertas al público, con sus innovaciones arquitectónicas y tecnológicas, explicadas en función de lo que la familia del futuro habría de realizar dentro de sus paredes, seguramente jamás se plantearon las diferencias estructurales que, dentro de esta misma familia se suscitarían pocos años después a partir de las diversas revoluciones socio-culturales de finales de los 60 y la década de 1970.
Estas revoluciones sentaron las bases del posterior desarrollo evolutivo que habrían de tomar las estructuras sociales, iniciando por la pareja, donde el ideal clásico y tradicional comenzó a modificarse y con ello la organización intersubjetiva que se establece entre ambos miembros de la pareja desde el momento en que se constituyen como tal.
Desde entonces se ha observado un claro aumento de la tasa de divorcios donde, partiendo de datos del INEGI, encontramos las siguientes relaciones:
Mientras que en 1971 la relación entre matrimonios y divorcios era de 100 matrimonios por cada 3 divorcios, para el año 2000 el número de divorcios, en relación al mismo número de matrimonios se incrementó en más del 50% quedando en 7 divorcios por cada 100 matrimonios. Para 2008 el índice de divorcios se había ya duplicado: por cada 100 matrimonios se contabilizaron 14 divorcios.
A pesar de ello queda claro que la tendencia general del ser humano sigue siendo la formación de una pareja que, eventualmente puede convertirse en familia. Entonces, ¿qué es lo que está pasando? Porque lo que es indudable es que algo se está moviendo con relación a la configuración y a las formas de convivencia de la pareja tal y como la habíamos venido concibiendo.
Personalmente considero que se trata de un proceso evolutivo que se desarrolla a partir de extremos y que, como todo proceso evolutivo, desembocara en una síntesis adaptativa y prevalecerán aquellas conductas y modelos que demuestran ser funcionales y ventajosas tanto para el desarrollo personal como social.
Pero para comprender este proceso y el momento en el que nos encontramos, primero tenemos que tomar en cuenta el contexto socio-cultural que estamos viviendo.
En este sentido, la lógica de la vida contemporánea en la sociedad occidental supone, entre otras muchas cosas, la necesidad de compartir responsabilidades, lo cual implica la modificación de las tareas y la dinámica de la pareja, como unidad, así como también de cada uno de los miembros que la conforman siendo la situación económica uno de los detonadores principales de dicha modificación, pero no el único y podemos rastrear los orígenes de estos cambios a partir de las revoluciones sociales mencionadas anteriormente, en donde el empoderamiento y la emancipación femeninos iniciaron una búsqueda de igualdad que, si nos detenemos un momento a analizarla, de forma pragmática, rápidamente nos daremos cuenta de su contradicción y por tanto imposibilidad.
Basta mirarnos al espejo para saber que hombre y mujer jamás podremos ser iguales. Somos diferentes por definición y por necesidad y por tanto, no podemos aspirar a una igualdad, más que en derechos y oportunidades, lo cual realmente se traduce en equidad. Equidad es el deseo, es lo posible, lo que deberíamos buscar, pero, en su lugar, seguimos persiguiendo un concepto erróneo de igualdad.
Y es precisamente esta concepción la que ha guiado, en gran medida, el proceso evolutivo de la pareja hasta nuestros días.
En importante tener también en cuenta que la evolución del ser humano y, por tanto, de sus estructuras, va de la mano de la evolución cultural que se desarrolla mucho más rápido y que determina nuestra conducta de forma más evidente que la propia evolución biológica.
Así, las relaciones sexuales, matrimoniales y familiares han cambiado en los últimos 50 años más que en los 3 siglos anteriores, debido en parte a que los cambios sociales en general y su difusión casi instantánea, determinan rápidas modificaciones en los modos de convivencia de las parejas, mismos que a su vez establecen otras tantas modificaciones que influyen en los comportamientos sociales generándose un círculo vicioso, y por tanto susceptible a tornarse virtuoso, que se esquematiza de la siguiente forma:

Hoy en día, la ruptura con el modelo basado en la tradición, ha obligado al individuo, y por tanto a la pareja y a la familia, a buscar fundamentos nuevos, en un proceso quizá muchas veces de ensayo y error en esa búsqueda permanente de lo que mejor se adapta a la realidad siempre en función de, si no la búsqueda del placer, si la evitación de su opuesto.
Anteriormente la tradición implicaba que al formar una pareja lo “lógico” era seguir una clara división del trabajo entre hombres y mujeres, en la que cada quien tenía definido su rol y jugaba el papel que le correspondía y así, mientras el hombre trabajaba y ganaba dinero, la mujer se hacía cargo de los hijos y el hogar.
Evidentemente, los cambios sociales y el propio potencial e inquietudes femeninas fueron haciendo que dicho rol quedara corto a la mujer y la lucha feminista dio como resultado mayores derechos, mejor educación y un claro incremento de la actividad laboral para las mujeres. Todo ello merecido y necesario pero, que, lógicamente alteraría el equilibrio hasta entonces existente entre hombres y mujeres como sistema, y generaría la necesidad de una readaptación de la dinámica familiar y de pareja y, por tanto, del propio papel del hombre ante los cambios observados en la mujer.
Estos movimientos derivaron en situaciones extremistas y a partir de1990 comenzaron a quererse equiparar los roles sexuales, primero en el trabajo donde se igualan significativamente las diferencias de conducta entre hombres y mujeres; posteriormente esta igualación se fue llevando también al ámbito del hogar, donde actualmente, tanto para el hombre como para la mujer, las exigencias profesionales determinan decisivamente la forma de convivencia y gesta una clara competencia entre sexos en la mayoría de los casos.
Esta competencia entre los sexos ha hecho perder los límites y las estructuras que definían, anteriormente, con claridad lo que se esperaba de hombres y de mujeres llevando a una confusión tal que ambos géneros estamos ya invadiendo y peleando el terreno del otro, mientras abandonamos y descuidamos el propio; y aunque es cierto que las capacidades de ambos nos permiten incursionar en distintas áreas tanto profesionales como personales no debemos olvidar que no somos iguales, somos complementarios.
Así, por dar un ejemplo es posible que el hombre se quede en casa y cuide de los hijos y el hogar, sin embargo, por más que se esfuerce no puede ser madre. Es y siempre será –y debería ser- padre.
Este ejemplo implica además que la mujer niegue parte de la esencia de su feminidad en esta función por definición intransferible.
En la medida en que una mujer se conduce más como hombre, el hombre se ve obligado –inconscientemente y por inercia- a actuar de alguna forma más como mujer para mantener una homeostasis en el sistema y viceversa. Derivando todo ello en una inversión de roles que en realidad se traduce en ambivalencia y difusión y, a la larga, en una imposibilidad para comunicarse con el otro y funcionar complementaria y eficazmente como pareja.
Y es que a pesar de que la equidad en diversos ramos (educativo, laboral, social, etc.) se ha logrado entre hombres y mujeres, prevalecen claras diferencias de género imposibles de negar, o por lo menos de cuya negación no derivan situaciones ni condiciones funcionales en toda la extensión de la palabra. Estas diferencias son, por demás obligatorias en tanto devienen de una diferencia en la experiencia y percepción de cada uno.
Por si fuera poco, en la atracción entre un hombre y una mujer, las expectativas de que el otro actúe de la forma esperada en función de su género desempeña un papel fundamental ya que, entre otras cosa, permiten la comunicación y complementación necesarias para la formación de una pareja sólida y una convivencia fructífera y placentera para ambos. Porque son precisamente estas diferencias entre un hombre y una mujer las que dinamizan y enriquecen la vivencia entre dos.
En este sentido Wickler y Seibt plantean que la existencia de dos sexos representa un incremento de las oportunidades para hacer frente a los cambios en las condiciones de los distintos ámbitos de la vida. (Wickler y Seibt, 1983)
Además el hecho de que las diferencias entre los sexos pretendan minimizarse, reducirse y negarse lo más posible, más allá de las evidencias biológicas representa un importante síntoma social en tanto que hombres y mujeres buscamos reafirmarnos, pero ¿en función de qué lo estamos haciendo actualmente?
Si nos reafirmamos al minimizar al otro, invadirlo o imitar sus características, estamos demostrando una falla fundamental en nuestra propia percepción de la realidad que, a nivel sociedad y en grados extremos podría llevarse al ámbito de la psicosis al estar negando la propia naturaleza y, por tanto, anegando al otro, que debiera ser nuestro complemento, pero que queda excluido ante una pretendida ausencia de falta, una ilusión de completud que no es más que el resultado de una profunda confusión en cuanto a la identificación del propio rol de género. Evidentemente esto es un riesgoso error en el que como sociedad estamos incurriendo.
Carl Jung, en su libro El Hombre y sus Símbolos, habla de la “colusión del animus y el anima”.
- Animus: fuerte, valiente, vital, duro, luchador, agresivo, amenazante, intelectual, líder, protector, responsable.
- Anima: sentimental, tierna, amorosa, fascinante, seductora, devoradora, cazadora, enclaustrada, paridora, nutricia, maternal, salvadora, solícita.
En otras palabras, describen las características arquetípicas asociadas comúnmente a lo masculino y lo femenino respectivamente.
Jung dice que el hombre pretende la realización del Animus y reprime y delega su lado femenino, su Anima, en la mujer. La mujer pretende la realización del Anima, y reprime y delega su animus en el hombre. Esto conduce a un sentimiento positivo de complementariedad, en donde el hombre puede ser masculino, en la medida en que la mujer sea femenina; y la mujer, a su vez, puede ser tan femenina como el hombre sea masculino.
Lo contradictorio de la situación actual es que no sólo se ha roto con la tradición arquetípica, sino que la mezcla e inversión de roles, o su falta de nitidez, aumenta la sensación de vacío y la falta de plenitud y satisfacción personal y, en el caso particular de la pareja, se comienza a combatir aquello que fue, precisamente, lo que nos atrajo en un principio del otro y esto tiene implicaciones mucho mayores de lo que a primera vista podemos comprender.
Por ejemplo, en Tótem y Tabú Freud concluye que la génesis de los sentimientos de culpabilidad radican en las tendencias agresivas. Al impedir la satisfacción, volvemos la agresión hacia la persona que prohibe dicha satisfacción.
Traspolando este postulado a la situación de pareja, podemos suponer que una de las causas del preocupante aumento de la violencia intrafamiliar es precisamente esta inversión de roles ya que si cada miembro de la pareja invade, como ya se dijo, la función del otro, esto es vivido como un impedimento para el propio desarrollo y satisfacción inherente al género, al papel, a la función natural y lógicam y deriva en agresiones cada vez más manifiestas.
Concluyendo retomemos entonces la hipótesis inicial de la evolución socio-cultural de la humanidad que, equiparándola con la selección natural postulada por Darwin, podemos hablar de una selección cultural de las transformaciones sociales, en donde los ideales de cada revolución social perduran, a la larga, únicamente si demuestran ser una “ventaja para la supervivencia”. Sin embargo, no debemos olvidar que lo que se percibe como ventaja o desventaja en ese sentido, no es independiente de los propios valores culturales, lo cual requiere un análisis exhaustivo para poder prever hacia dónde nos están llevando nuestros valores y muy seguramente plantear una reestructura del rumbo en pos de una evolución sana y no destructiva. Lo ideal habría de ser una ventaja de adaptación que, además del beneficio individual, conlleve también un beneficio para la pareja y, en el caso de la creación de una familia, lo que favorezca a la formación sana de los hijos.
Aunado a esto surgen al menos dos interrogantes que valdría la pena estudiar posteriormente:
En primer lugar: ¿Los hombres han cedido parte de su masculinidad porque la mujer se las arrebata? o la mujer la ha absorbido ante la renuncia del hombre.
Y en segundo lugar: ¿Hasta qué punto las mujeres nos hemos visto obligadas a liberarnos y realizarnos profesionalmente y hasta qué punto lo deseamos en realidad?
Entonces, si las circunstancia nos exigen una modificación de los roles hay que tener en cuenta qué se puede compartir y qué no.
Mientras hombres y mujeres podemos compartir el trabajo, la economía, el afecto y la crianza de los hijos, no podemos abandonar lo que por naturaleza somos, es decir, el hombre no debe abandonar su identidad masculina, protectora, caballerosa y su papel de padre; la mujer no debe abandonar su identidad femenina, sensible, creativa y su papel de madre.
En la medida en que encontremos un punto medio favorable, podremos sentar nuevas bases para una familia y una sociedad mejor encaminada.
